Rozaba la
media noche y Sandra se había quedado dormida en el sofá. Mal día para quedarse
traspuesta, porque al día siguiente tenía que entregar unos informes a su jefe
y aún le quedaba algunos impresos que rellenar e imprimir. Se desveló hacia las 2 de la madrugada y de
un salto se incorporó recordando que aún no había terminado los informes. Miró
su portátil, que se había quedado sin batería. Esperaba que al menos se hubiese
autoguardado la información que había hecho hasta entonces, si no estaría perdida. No quería imaginar que la
despidieran en plena crisis y con 24 años. Era muy joven para ser la secretaría
de un importante empresario, pero digamos que entró a la empresa por enchufe,
su madre conocía al señor Menéndez desde que eran jóvenes, digamos que tuvieron
algo en su juventud.
Puso el
ordenador a cargar, lo encendió y comprobó que toda la información hasta
entonces se había guardado. Por suerte si. Decidió hacer café para mantenerse
toda la noche despierta para terminar los informes. El señor Menéndez, con eso
de ser “la enchufada” le metía mucha
caña, y le obligaba a hacer todo a la perfección. Se apagó la luz de la
cafetera, lo que significaba que el café ya estaba listo. Usaba una de esas
cafeteras antiguas, de las que no iban con cápsulas, le gustaban más, además
que el café salía mas rico, más amargo. Le gustaba lo amargo, aunque a veces lo
bebía con leche.
Se preparó
un café con dos de azúcar, y lo metió en el termo para poder tenerlo en la
oficina de su apartamento. Estaba acostumbrada a llevar el termo de un lado a
otro, que si al trabajo, a entrevistas con los clientes… etc. Se miró la
medallita de oro que llevaba, una que le regaló su padre cuando ella tenía 16
años, antes de que el cáncer se llevara la vida de su padre. Su padre le dijo:
“hija mía, no te rindas nunca, no pienses que hay algo que no puedas hacer. Si
el destino lo ha puesto en tus manos es porque puedes con ello. Nunca te
desanimes”.
Sacudió la
cabeza y dejó de pensar en ello, eran las 2 y media de la madrugada y debía
ponerse con los dos informes que le quedaban. Bueno informes, dos entrevistas
que debía pasar a ordenador, para poder imprimirlo a primera hora de la mañana
y colgarlo en el blog de la revista en la que trabajaba. A ella siempre le tocaba ese trabajo, al menos
se había ocupado de dos entrevistas. Aunque eso era lo que ella quería,
entrevistar.
Se puso con
ello y a las 6 por fin terminó. Le costó pero lo guardo y se fue a dar una
ducha para estar fresca cuando estuviese trabajando. Se secó el pelo, se lo
rizó, porque no tenía ganas de alisárselo, se puso maquillaje para tapar sus
ojeras, cogió su portátil, las llaves del coche y salió rumbo a la oficina.
Cuando llegó
era las 8 justas, menos mal que hoy no había llegado tarde ¡maldito tráfico de
Madrid! Y la oficina estando en pleno centro... Siempre tenía las mismas
quejas, ¿por qué viviría tan lejos de la revista?
-¡Hola
Sandra!
María
siempre con su buen humor, no sabía nunca como conseguía estar de tan buen
humor, aunque hiciese ahí afuera un día de perros. Aunque nevase, aunque
lloviese María siempre tenía esa sonrisa en su cara. La admiraba por ello y eran muy buenas amigas.
-¿Conseguiste
terminar de pasar a limpio las entrevistas? Como me mandaste ese WhatsApp a las
3 de la madrugada…
-Por suerte
si, a las 6 he terminado
-Vaya… ¿Se
lo has entregado ya al señor Menéndez?
-No ahora
iba a ello, ¿me esperas y nos tomamos un café y desayunamos en la cafetería de
abajo?
-Si claro,
me apetece ir al starbuck.
-Vale, ahora
vengo.
Sandra fue
directamente al despacho de su jefe intentando no encontrarse a nadie más por
la redacción, no le apetecía encontrarse con nadie de buena mañana. Al mediodía
quizá le apetecería charlar con Pedro.
Dio dos
toquecitos a la puerta de su jefe.
-Señor
Menéndez, le traigo las entrevistas impresas ya.
-Pasa
Sandra, pasa.
Sandra entra
al despacho y le deja las entrevistas en su escritorio mientras el se toma un
café en su silla.
-Con su
permiso, Señor Menéndez, me voy a ir a desayunar.
-Claro
Sandra, pero recuerda a las 10 te necesito
para que me digas mi agenda de hoy.
-Claro
señor, aquí estaré.
Cogió su
bolso y miró que llevaba la cartera. Ya estaba lista para marcharse a desayunar
con María.